The Anxiety of Running Away From a Violent Storm

Huyendo de una tormenta por la Autobahn

Las tormentas durante el verano son normales

Las tormentas durante el verano son normales. Pero nunca habría pensado que viviríamos algo así.

Recuerdo que, mientras atravesábamos el sur de Francia, se podía sentir cómo la humedad de las plantas se evaporaba con la fuerza del sol. Aquellos días hacía tanto calor que se preveía que la atmósfera no fuera capaz de absorber tanta energía. Calor, humedad y días de templanza convergieron en el miedo más absoluto.

Al cruzar el Rin empezaron a sonar las alarmas del teléfono. Sin parar. Decían en francés que se esperaba una tormenta de fuerza extrema en las próximas horas, y estábamos justo en medio de las regiones marcadas en rojo. Cruzamos la Selva Negra y las alarmas dejaron de sonar. Nos quedaban tres horas de autobahn, donde la velocidad la marca la voluntad. El cielo empezó a cubrirse, justo cuando comenzaba a bajar la claridad.

Se levantó la brisa. Oscureció a alta velocidad y se vislumbraban relámpagos a lo lejos. Saqué la cámara para canalizar los nervios mientras avisaba de nuestra ubicación a nuestro anfitrión. Quedaban 50km y la furgoneta se conducía cada vez con más nervio y menos velocidad. Mirando por el retrovisor, las nubes formaban un vórtice con más estructura, cada vez más grande, lo que significaba que se acercaba. La tormenta iba más rápido que nosotros, y el viento hacía que los vehículos fuéramos cada vez más despacio.

Los rayos empezaron a sucederse. Uno tras otro. En un espectáculo nervioso que asustaría a cualquiera. A nadie le gusta una tormenta en plena carretera. A mí me vuelven eufórico. Serán los nervios.

Empezó a llover de forma escandalosa. No se veía a tres metros por la cantidad de agua que nos ahogaba. Granizo. Bolas como de golf. Y una noche ya espesa por el ciclón que teníamos encima. El viento hacía imposible controlar un vehículo que debía ser refugio las próximas semanas, pero ya ni siquiera estábamos seguros de que resistiría esta segunda noche de trayecto. Había que parar, y entre relámpago y relámpago pudimos ver un puente a poca distancia. Recuerdo perfectamente el agua que me resbalaba por los pantalones por las gomas de la puerta. Estaba seguro de que los cristales no aguantarían las bolas de hielo si no llegábamos al resguardo del puente. También estaba seguro de que si parábamos en el arcén de la autopista, alguien nos embestiría por detrás. Los vehículos empezaron a amontonarse detrás de nosotros, buscando el resguardo de un puente demasiado pequeño para todos. Un autocar nos hizo de tapón y pude respirar.

Allí aguantamos hasta que la tormenta, que nos había dado caza, permitió reemprender la marcha. Volvía la calma. Pero esta fue la primera de cinco tormentas que hicieron temblar Europa Central aquel julio.