Barcelona Experience

Etnografía visual del turismo en Barcelona

Una reflexe del turisme a La Pedrera

Introducción

El turismo supone una actividad pasiva disfrazada de experiencia con el individuo en el centro: a priori se cree que se es protagonista, viviendo aventuras y en constante movimiento, cuando la realidad es que sólo se forma parte de un decorado, un consumismo activo en el que no hay integración (y, por ende, no hay una experiencia real). No se es más protagonista que en las historias de Instagram, una sombra en la postal vendida como souvenir. Quien visita Barcelona, una y otra vez, encuentra una ciudad al servicio del consumo: fiestas, festivales, congresos, ferias, museos, lujos y una suerte de “experiencia límite” en los muchísimos lugares marginales que conviven en las calles. Un pack completo, entre la seguridad del individuo y la exotización de lo desconocido, como si de un safari urbano se tratase.

Barcelona como marca global

El posicionamiento de Barcelona como ciudad global atrae inversiones de diferentes fuentes. La marca “Barcelona”, registrada en 2011 y anulada después, sirvió para proyectar la ciudad comercialmente, aunque en la práctica se convirtió en una herramienta de explotación del nombre. Proyectar una imagen concreta de la ciudad, que poco o nada tiene que ver con la realidad de sus habitantes, genera consecuencias cotidianas: turistas y empresas forman una suerte de parque temático que vive alejado de los barceloneses, supeditándolos a servir y gestionar sus vidas al margen de la idealización de una ciudad que les da la espalda.

Desde la pandemia de COVID‑19, los datos oficiales del turismo son escasos. En 2023, más de 2,5 millones de visitantes fueron registrados solo hasta finales de marzo (por pernoctaciones en hoteles, hostales y pisos turísticos). En 2019, el total acumulado superó los 12,8 millones de turistas.

Cambio de tendencia: turismo de calidad

El principal cambio de tendencia, defendido por algunos partidos políticos, no es tanto la cantidad de visitantes, sino que alargan su estancia. La media de noches por persona ha aumentado a cuatro noches, incrementando el gasto. Este “turismo de calidad” se traduce en una elitización del turismo: precios elevados en museos, parques y ocio (ej.: 30 € en museos de Gaudí, 35 € en el Tibidabo, 12 € en el teleférico del puerto, ~40 € en la Sagrada Família). La privatización del patrimonio, financiada con entradas, deja de lado a los residentes y maximiza beneficios para operadores privados.

El Mobile World Congress y más de 190 ferias y congresos que alberga Barcelona, sobre todo en la Fira, son el gran escaparate de este modelo extractivista. En lugar de eliminar el turismo de borrachera, lo marginaliza y crea guetos turísticos que, en conjunto, conforman todo el ecosistema turístico barcelonés, aprovechando la liminalidad de las vacaciones y generando una sensación de impunidad y privilegio.

¿Dónde queda el residente?

En esta situación, la experiencia Barcelona mantiene al residente (y lo expulsa) como parte del decorado de su viaje, que no es una escapada turística ni un viaje trascendental, sino la romantización de una ciudad que no sería nada sin sus habitantes. El pasado invierno, al preguntarme “¿Qué puedo hacer en Barcelona sin gastar mucho dinero con mi familia estos tres días?”, respondí “Pasear. Y ni siquiera por todas partes”. Vivir en la ciudad del modernismo se vuelve cada vez más inaccesible para el habitante medio.

En un contexto de crisis climática, social, económica y cultural, la deriva neoliberal de la marca Barcelona la está convirtiendo en una ciudad para ciertos privilegiados, un museo al aire libre para su uso y disfrute, incapaz de reconocer que son quienes pagan todo el “cartón piedra” de este enorme decorado. La Barcelona Experience es, pues, una mentira que, a base de tarjeta de crédito, se apropia del patrimonio, la cultura y las calles de todos y todas las residentes, e incluso de nuestras casas.

Trabajo final de Fotografía Documental, Escuela Date Cuenta.